Toda guerra es semántica. De significados y conceptos. De palabras, de símbolos, de “dadores de sentido”. Así se marcan los límites, se generan los contenidos que representan la existencia o la inexistencia de valores, se dibuja el mapa que nos guía en la acción.
Si los demás hablan con nuestro lenguaje, estamos avanzando. Si nosotros hablamos con el lenguaje de los demás, estamos retrocediendo.
Estuve hace mucho en medio de una revolución en marcha que se llamó peronismo. Una revolución que ya no existe, pero todavía recuerdo los conceptos, las actitudes, las sensaciones, las formas, su particular idioma.La palabra que más se oía entonces era “lealtad”. Y esa lealtad se refería a un líder y a un pensamiento revolucionario determinantes de la acción.
Eso nos daba la confianza de saber que no todo era mutable, que la política tenía unos objetivos trascendentes e inamovibles, que había alguien en quien confiar, en el vértice de la conducción revolucionaria.
Las palabras nos daban un marco preciso, la semántica ajena no podía confundirnos. Doctrina, proyecto nacional, tercera posición, continentalismo, comunidad organizada, revolución nacional, conceptos con un contenido simple pero profundo, palabras sentidas, naturales, espontáneas para nuestra identidad.
Luego, había otras palabras un poco más complejas: dispositivo estratégico, consejo superior, orgánica, cuadros políticos. Todo esto establecía un orden: nuestro orden, mantenido casi en la clandestinidad por lo que entonces era todavía un pueblo.
Izquierda y derecha eran palabras que mucho no se usaban, estaba la convicción de que habían sido inventadas para complicar las cosas. Luego, lamentablemente las tuvimos que aprender y sufrir sus consecuencias. Progresismo también era un concepto bastante desconocido. Los de afuera, los ajenos, fueran adversarios o enemigos, eran llamados “gorilas” y eso nos daba una idea clara de a qué nos referíamos.
Imponíamos nuestra agenda semántica, por eso avanzábamos.
Hoy ya nada de eso existe, sólo quise mostrar una situación y exponer una lógica, tomando ejemplos de lo que he vivido.
Hoy las palabras que nos rigen y se supone que nos comunican, son todas ajenas: progresista/reaccionario, democrático/antidemocrático, sustentable/no sustentable, racista/antiracista. Todo es como un gran juego dialéctico, que puede jugarse mientras se respeten las reglas dadas por los inventores del juego.
Luego, el árbitro posee las palabras que operan como penalidades: fascista, nazi, ultraderechista, autoritario, discriminación, populismo, y algunas otras. Para usar estas palabras el árbitro jamás debe justificarse. Eso es parte del juego. No hay contenidos referidos a la lógica o al pensamiento, el nivel intelectual no debe sobrepasar el necesario para jugar según las reglas establecidas, porque entonces te sales del juego, expulsado para siempre. Esa es la semántica vacía y perversa que nos rige.
Sólo que en este juego se juega nuestro destino, y si queremos cambiar los significados para darles contenido y comprender, al final está siempre la fuerza bruta del dueño del tablero.
Y pensar que la gente sencilla de aquella revolución en la que estuve desde niño, manejaba con soltura el significado de sus propios conceptos, no aceptaba más que sus propias reglas, reconocía el valor de su propia semántica.
Con nostalgia me doy cuenta que eso que la semántica actual denomina “la gente” era en aquel entonces todavía, lo que podíamos llamar “un pueblo”.
Si los demás hablan con nuestro lenguaje, estamos avanzando. Si nosotros hablamos con el lenguaje de los demás, estamos retrocediendo.
Estuve hace mucho en medio de una revolución en marcha que se llamó peronismo. Una revolución que ya no existe, pero todavía recuerdo los conceptos, las actitudes, las sensaciones, las formas, su particular idioma.La palabra que más se oía entonces era “lealtad”. Y esa lealtad se refería a un líder y a un pensamiento revolucionario determinantes de la acción.
Eso nos daba la confianza de saber que no todo era mutable, que la política tenía unos objetivos trascendentes e inamovibles, que había alguien en quien confiar, en el vértice de la conducción revolucionaria.
Las palabras nos daban un marco preciso, la semántica ajena no podía confundirnos. Doctrina, proyecto nacional, tercera posición, continentalismo, comunidad organizada, revolución nacional, conceptos con un contenido simple pero profundo, palabras sentidas, naturales, espontáneas para nuestra identidad.
Luego, había otras palabras un poco más complejas: dispositivo estratégico, consejo superior, orgánica, cuadros políticos. Todo esto establecía un orden: nuestro orden, mantenido casi en la clandestinidad por lo que entonces era todavía un pueblo.
Izquierda y derecha eran palabras que mucho no se usaban, estaba la convicción de que habían sido inventadas para complicar las cosas. Luego, lamentablemente las tuvimos que aprender y sufrir sus consecuencias. Progresismo también era un concepto bastante desconocido. Los de afuera, los ajenos, fueran adversarios o enemigos, eran llamados “gorilas” y eso nos daba una idea clara de a qué nos referíamos.
Imponíamos nuestra agenda semántica, por eso avanzábamos.
Hoy ya nada de eso existe, sólo quise mostrar una situación y exponer una lógica, tomando ejemplos de lo que he vivido.
Hoy las palabras que nos rigen y se supone que nos comunican, son todas ajenas: progresista/reaccionario, democrático/antidemocrático, sustentable/no sustentable, racista/antiracista. Todo es como un gran juego dialéctico, que puede jugarse mientras se respeten las reglas dadas por los inventores del juego.
Luego, el árbitro posee las palabras que operan como penalidades: fascista, nazi, ultraderechista, autoritario, discriminación, populismo, y algunas otras. Para usar estas palabras el árbitro jamás debe justificarse. Eso es parte del juego. No hay contenidos referidos a la lógica o al pensamiento, el nivel intelectual no debe sobrepasar el necesario para jugar según las reglas establecidas, porque entonces te sales del juego, expulsado para siempre. Esa es la semántica vacía y perversa que nos rige.
Sólo que en este juego se juega nuestro destino, y si queremos cambiar los significados para darles contenido y comprender, al final está siempre la fuerza bruta del dueño del tablero.
Y pensar que la gente sencilla de aquella revolución en la que estuve desde niño, manejaba con soltura el significado de sus propios conceptos, no aceptaba más que sus propias reglas, reconocía el valor de su propia semántica.
Con nostalgia me doy cuenta que eso que la semántica actual denomina “la gente” era en aquel entonces todavía, lo que podíamos llamar “un pueblo”.
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